08/07/05

That old lysergic research


La experiencia de la apertura del ser, la experiencia del afuera: es una instancia de la existencia, una instancia del éxtasis. Hay muchas formas de culminarse en esa instancia reveladora: su traslape y su movilización significativa pueden ser provocadas por agentes neuronales externos, por catalizadores neuro-químicos, por inducciones cuya síntesis surge de su práctica presurosa. Dicho traslape y dicha movilización resultan capaces de potencializar a ese cuerpo deseoso de apertura. Pero ha surgido una discusión en disputa continua, ha surgido un decaimiento de su constancia. Se ha dado un research molecular que ha intentado descubrirse de sus gravedades, que ha demarcado el efecto de sus diferencias. Por encima de todas las prescripciones posibles, por encima de la estupidez y de su teatro petrificado, la droga permanece en la historia y sobrevive al discurso normalizante de una moralidad sobria y gris. La droga emerge acaso como la posibilidad de un pensamiento autónomo, de un pensamiento cuya política reclamará los derechos experimentales de lo corpóreo. Por ello, es menester dar cuenta de la disputa: es preciso discernir los pormenores y los sabores de esa potencia que proclama el cuerpo en su propia organicidad. En los umbrales de su imaginada socialización ¿será posible que la consistencia de esta experiencia sea una constante en el devenir de la historia? Una trifulca de Voces ácidas se dispara mientras surca ese horizonte experimental, en la propia dureza inquebrantable de la experiencia, y mientras vela por la bonanza existencial de sus matices...:


Voces ácidas: Theatrum Philosophicum

“Con facilidad vemos como el LSD invierte las relaciones del mal humor, la estupidez y el pensamiento: todavía no ha puesto fuera de circulación la soberanía de las categorías cuando ya arranca el fondo a su indiferencia y reduce a nada la triste mímica de la estupidez; y a toda esta masa unívoca y acategórica, la presenta no sólo como abigarrada, móvil, asimétrica, descentrada, espiraloide, resonante, sino que la hace hormiguear a cada instante con acontecimientos-fantasmas, deslizando sobre esta superficie puntual e inmensamente vibratoria, el pensamiento: libre de su crisálida catatónica, contempla desde siempre la indefinida equivalencia convertida en acontecimiento agudo y repetición suntuosamente engalanada. El opio induce a otros efectos: gracias a él, el pensamiento recoge en su extremo la única diferencia, rechazando el fondo a lo más lejano, y suprimiendo en la inmovilidad la tarea de contemplar y apelar a la estupidez; el opio asegura una inmovilidad sin peso, un estupor de mariposa fuera de la rigidez catatonica; y muy lejos por debajo de esta rigidez, despliega el fondo, un fondo que ya no absorbe estúpidamente todas las diferencias, sino que las deja surgir y centellear como otros tantos acontecimientos ínfimos, distanciados, sonrientes y eternos. La droga –si al menos pudiésemos emplear razonablemente esta palabra en singular- no concierne en modo alguno a lo verdadero y lo falso; sólo a los cartománticos abre un mundo -más verdadero que lo real-. De hecho desplaza, uno en relación al otro, al pensamiento y a la estupidez, levanta la vieja necesidad del teatro de lo inmóvil. Pero tal vez, si el pensamiento tiene que mirar de frente a la estupidez, la droga que moviliza a esta última, la colorea, la agita, la surca, la disipa, la puebla de diferencias y sustituye el raro relámpago por la fosforescencia continua, tal vez la droga sólo dé lugar a un cuasi-pensamiento. Tal vez.”



Michel Foucault,
Theatrum Philosophicum,
Editorial Anagrama, 1999,
Págs 39-41.



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05/07/05

El pensamiento de lo posible

Acuñar el pensamiento a partir del orden de lo posible. Contracorriente al tiempo y en su inmediata verdad inefable, la certeza de esta afirmación es apenas engañosa porque se libera así misma. La negatividad que la contiene pierde su peso conforme su discurrir se despliega de los cuerpos, justo en el instante del desmembramiento por el cual se extiende su fuerza inaudita, y mientras se disipan las partículas obstinadas en hacerse visibles o en constituirla. Esas partículas son moléculas que también simularían descomponerla, como en un efecto de su propia oclusión, sin duda, pero que sólo lograrían conjugarse como una multiplicidad de posibilidades. Estas posibilidades por cierto están afuera, ante la necesidad de ese pensamiento. Vislumbran su espera, su expectativa, no obstante, con ellas basta para que sea alcanzada la herida por la que pasa y por la que se filtra su acontecimiento. Sí, se trata de una certeza paradójica referida al cómo descubrir y experimentar el sentido, una certeza que está pendiente de incluir a los cuerpos, pero que es completamente ajena a la vida y a los órganos que la producen. Esa certeza se enarbola en una inercia reiterativa y retroalimentada, una inercia que por su parte está amenazada de inmediato por un ser subsumido y abrasado, un ser alterado bajo los límites de una negación necia y absoluta, negación que lastra las colectividades.

Dicha inercia es propia de un conjunto de particularidades que se recrean en expectativas que sólo el pensamiento despliega, que les da volumen y que las cristaliza en destellos movidos a su misma desaparición. En este sentido, el pensamiento de lo posible es una certeza de muerte: es el peso de lo olvidado por todos, es la ligereza de todo lo que les escapa. Es un pensamiento que activa la organización de los cuerpos móviles, y los captura o atrapa en un hilar de compases que hacen girar el teatro vivo de la realidad. Es ciertamente pensar como escurriéndose por una parte, como segmentado por marcos regulados en esa actividad versal, los cuales están aplastados por una gravedad que las ideas sopesan por encima de los sueños del Otro representado. Es pensar como por debajo de los fragmentos oníricos de una infinidad de amigos muertos. El pensamiento siempre golpeará los tiempos de la historia dejando fogones de helio, siempre trazando fugas giroscópicas que fulminan su ordenamiento, esas que permiten vislumbrar el mapa interno del tiempo.

Es por ello que responder a esa certeza es gravitar también los tonos de sus propias inducciones e indiferencias: es perfilar las ideas matizadas por un espectro de iluminaciones recíprocas, un espectro de luces devenidas de aquellos rastros que las expectaciones sobrevuelan por las aberturas de la experiencia de lo posible. Ya no se trata de las partículas movibles a su desaparición. Ahora no son aquellas moléculas que centellean por un plano que las dispara y que las ordena respecto a los fluidos del deseo. Se trata de cierta marcación que les sirve de lente y que segmenta sus formaciones en los destellos. Se trata de una versión del conocimiento del ser a la luz de su descolorida sombra. En razón de su reconocimiento, la propia historia es pensamiento certificado por el lineamiento de magníficos rehiletes rotatorios. Al ser recorridos y calibrados, estos rehiletes se enfilan hacia el horizonte de una multiplicidad de mundos quebrados, de mundos que no dejan de circular eternamente a su espalda, y que además agolpándose subrepticiamente a ella, tampoco dejan de ondular su visibilidad apuntalada.

Justo este pensar de lo posible dibuja como foráneo y apenas alcanzable al ser de certidumbre en un deslizamiento invertido. Se dibuja por una torsión de la línea que lo plasma y que lo sedimenta en la historia, que lo hace inerte a las marcaciones y al ordenamiento de sus significaciones. Esta es una torsión que regula sin más sus proximidades mientras nubla el traslucir de sus esperanzas, mientras hace de la maquina del deseo la fábrica elevada de un teatro fantasmagórico que re-presenta lo real. Justo como le sucedió al Quijote, con sus magnos molinos oscilantes de viento, y con sus figuras gigantescas de inquietud: figuras cuyo engranaje se elucubra a la sombra de Cervantes. El pensamiento de lo posible y su transgresión, por fortuna, no son posibilidades evidentemente inciertas. Su visibilidad se teje en el mismo cuerpo plegado, su palabra emana de los órganos que la ciñen y que la destilan en su propio tiempo escindido. Su incurrir sale huyendo de golpe al disipar la vitalidad engañosa de la existencia. Todo ello, mientras su éter se renueva conforme acontecen sus nimiedades: precisamente, para sacudir las polillas gravitantes de la historia.





Noviembre 2002
(actualizado para Nairda´s blog-lab ©®™)

02/07/05

Post-scriptum a "La droga y el discurso..."


(II) Surge así la cuestión relativa al discurso que enuncia la experiencia de la droga. Será necesario preguntarse después de todo si existe ese discurso en el sentido profundamente foucaultiano del término: porque es posible que su existencia se disuelva fuera de la razón misma, y es posible también que sea una vitalidad infundada más allá de las enunciaciones que dejan ver las luces de la historia. En todo caso, será necesario hacer uso de ese discurso: hacer uso de él como un lenguaje excluido que ha borrado al sujeto que lo enuncia, y como la razón que resiste significativamente los embates históricos que la confabulan. Por tanto, será necesario desplegar el cuestionamiento relativo a la experiencia de la droga, y ello, en el sentido propio de su acontecimiento. El discurso de la historia y la experiencia de la droga serán relativamente proporcionales a la reciprocidad que invoca su enunciación, esa que sólo logra hacerse visible por medio de la locura.

Con este respecto, Derrida se atrevió sugerir que el pensamiento de Foucault caía en la metafísica, y que por ello se inscribía en los límites de la razón y de la locura. Esto era decir tanto como que su razón se encontraba retrospectivamente en las antípodas de la historia de la razón misma, cosa que abría la sospecha de hacer visibles las enunciaciones que significaban a la locura, esas mismas que desdoblaban el sentido de su discurso. En efecto, La Historia de la locura es una obra coyuntural para entender el pensamiento  discursivo de Foucault, pero no sólo porque en ella su voz escritural cobre toda su fuerza y constancia, sino también porque implica su inextricable recursividad: una recursividad capaz de relacionar el envoltorio de los trabajos que posteriormente realizaría.

A la luz de estos trabajos, la crítica derridiana surge como un detonante irónico que avivó la brillantez de lo que Foucault hiciera de su obra y de su pensamiento. Dicha crítica terminó por ser un preludio contrapuesto a la grandeza del pensar foucaultiano: terminó por ser un elogio adelantado de su atrevimiento, a pesar de que Derrida haya insinuado presurosamente que Foucault era un conocedor demasiado ilustrado del significado de la locura. Para su mala fortuna, en tanto que intentona crítica, la discusión que emprendió Derrida se constituyó en un velo que pudo traslucir y demarcar los contrastes dados entre una postura filosófica institucionalizada, esto es, una postura seca tradicionalmente conservadora y aferrada al deconstruccionismo, y una forma activa de pensamiento surgida de una acción transgresora y deslumbrante: una forma activada de pensamiento que acontecía a su propio sentido, y que además se libraba del denso peso de su razón. No cabe duda de que la forma activa y activada de Foucault es una forma de pensamiento que se sabe por demás resistir al sedimento que la historia significa en su discurso.

Así pues, el discurso foucaultiano es neutro: está lejos de arrojar inferencias inherentes a la representación categórica que instituye la historia. Por todo ello, en su tajante transversalidad, el discurso foucaultiano permite hacer visibles las diagonales que significan a la experiencia de la droga, siempre con el garante de soltar los sectarismos proclives a denunciarla, y siempre con la pugna de no asirse de un territorio común preestablecido en sus representaciones. De esta manera, se puede considerar la vida y la obra de Foucault como parte del discurso en sí: siempre con el fin de evitar institucionalizar su pensamiento, y siempre para librarse también de disolver la posibilidad funesta de hacer de él un decurso catatónico de la representación, es decir, para evitar enmarcarlo como una autoridad petrificada en las vitrinas academicistas de la historia.

Aplicar una lectura transversal al propio Foucault es traicionar ese estrato que encarcela y excluye a su espíritu. Entre líneas, se le puede preguntar si acaso el pensamiento se acuña más allá de la propia historia. Sólo así se podría encontrar una respuesta en la afirmación de su verdad, o en la afirmación de su supuesta pasión. Sólo así se podría encontrar entonces, precisamente en el fulgor oculto de su afirmatividad más pura, a ese rostro que se borra y que felizmente se diluye con las olas del mar. Se podría encontrar su ayuda resonante y fibrosa, esa que no podría arrojar más que nueva luz a los puntos ciegos relativos al discurrir que la experiencia de la droga conlleva. Pero las curvas del discurso no excluyen la ironía, ya que muchos años más tarde, en 1981, Foucault abogaría férreamente por Derrida, quien había sido arrestado en Praga acusado de poseer marihuana.






Septiembre 2003
(actualizado para Nairda´s blog-lab ©®™)

29/06/05

La droga y el discurso de la experiencia (II)


(I)← La propiedad que el cuerpo reclama a la experiencia de la droga es el motivo primordial de las luchas para definirla –definirla dentro y fuera de las trincheras disciplinarias de la historia-, y también es el pretexto que se enuncia para desplegar su potencia, como por un derecho inextricable del cuerpo. Szasz ha sido particularmente sensible a este respecto, y ha intentado desplazar la singularidad robada de ese derecho particular, contra la coacción significativa que representan las vestimentas jurídicas procuradas por la autoridad clínica. Estas vestimentas se ejercen ante la colusión que significa la vitalidad de ese cuerpo intenso que reclama la experiencia de la droga. En su modalidad, la propiedad por la que clama este cuerpo no puede ser más que el curso propio de esa experiencia: así como el discurso transversal que la enuncia no puede ser otro sino el de la propia historia –y especialmente, como lo denunciaría Foucault, el de la historia de la locura-. Este transcurso no es más sino como todo discurso: no pende sino de su razón excluida, y no puede más que tender hacia los límites propios por los cuales la locura no cesa de trastocar el contrapeso de su posibilidad.

Ni la droga ni la locura misma son posibles, de no ser por la existencia de ese recurso que se disuelve fuera de la razón misma, en el seno de su exterioridad atrayente, y siempre infundado más allá de las enunciaciones petrificadas que gravitan la superficie reformada de la historia. La experiencia de la droga, no será más que la medida que activa el significado de la locura en la historia, así como el sentido de ésta no será más que el asomo significado de su acción acontecida: un simple clamor recitado del cuerpo. El transcurso de la historia y la experiencia de la droga: no serán sino relativamente proporcionales a la reciprocidad que atañe perpetuamente su enunciación, y que trastoca su visibilidad. Será necesario, por demás, involucrar a la locura como un vuelco al fondo inapreciable de la exterioridad que posibilita la droga y su experiencia, sobretodo, en el concurso que enuncia su exceso como prohibición, y en tanto el ser inocuo de ese lenguaje excluido. Será acaso necesario discurrir en el juego de su transgresión, en tanto la posibilidad de un lenguaje capaz de borrar a quién en su acción lo enuncia: sea en la función dinámica que pone de relieve los contrastes de sus crisis perpetuas, sea por la razón ensombrecida que resiste sensiblemente los embates históricos que la constituyen, o incluso por la forma de pensamiento surgida de esa acción vital que acontece a su sentido: aquella que sabe por demás resistirse al sedimento que la historia significa en su discurrir.


Este discurso desplegado es lo que media ahora entre la razón y la locura: es neutro, y está lejos de arrojar inferencias inherentes a la representación categórica que la historia instituye. Este discurrir permite hacer visibles las implicaciones que significan a la experiencia de la droga, con la garantía de librarse de las divisiones o de los partidismos tendientes a enunciarla, y con la propuesta de no compartir el terreno zanjado por las representaciones preescritas en su significado. Tales implicaciones no podrían ser encontradas sino en la fórmula de vida que conduce la propia cursiva que las enuncia y que las ha hecho visibles en lo histórico: esa fórmula que también las ha empeñado como indicadores reflejos de su verdad centelleante. Sin duda, pese al rostro que hasta hoy las niega en el decir de sus palabras, pese a ese rostro que tampoco puede ocluir la luz que las arroja en el tono que las pronuncia, la estela histórica de la experiencia de la droga se sigue escurriendo por los intersticios que la separan. Es por ella que la obra de Foucault pudo seguir el discurso de su vida en el concurso vital de su obra: su vida no es sino el recurso de esa historia, la historia que se constituyó por la obra que hoy hace visible la práctica de su experiencia. Dada su mutua imbricación, la cual llega a perderse y fundirse en su despliegue: la vida y la obra de Foucault son históricamente consustanciales al discurso y a la experiencia.

Y si acaso se les puede aplicar una lectura transversal, se podría involucrar asimismo una sensibilidad radical capaz de traicionar su espíritu: no obstante, capaz también de invocar la ficción de ese amigo nunca conocido el cual Blanchot alguna vez imaginó: aquél reconocido sólo por la voz de su escritura, y por la incisión que ha desdoblado su pensamiento. Se podría entonces abrir la posibilidad de examinarlo por el acertijo metodológico que su pensar sistematiza, y sobre todo, en el afuera que sin más lo configura. Se podría apelar más acá por el carácter tridimensional de su entonación estilográfica, y preguntarle: ¿Cómo el pensamiento se acuña más allá de la propia historia? ¿Por qué su gravedad se logra en contracorriente, como nada el salmón? Lo que sería preguntarle: ¿Y porqué la amistad llega hasta aquí, hasta esa línea que recorre este punto? Acaso se podría imaginar una respuesta en su carisma resonante: si se afirma la intensidad de su verdad magnética y polarizada, esa verdad encarnada producto experto de su orgullosa crudeza. Se podría imaginar su voz tronante a partir del morbo presuroso que su energía acusada despierta, bajo la consigna apócrifa de que su ayuda, jamás confesa y nunca dicha, no podría más que hacer luz de las cuestiones que oscurecen el discurso que la experiencia de la droga enuncia. →(Postscriptum)





Septiembre 2003
(Parte II actualizada para Nairda´s blog-lab ©®™)

26/06/05

La droga y el discurso de la experiencia (I)

La cuestión de la droga comienza desde la significación de su experiencia. No sería una cuestión problemática en sí, de no ser por una imperiosa necesidad de dotarle a su acción de un rótulo significativo en la historia, y de no ser porque su respuesta pretende ya ser conocida, en los albores más pálidos de su sentido. El malentendido surge por una proclividad necia en el lenguaje, la proclividad de corresponder su experiencia a una propiedad de la cual se hace quien la experimenta. Por eso, nunca ha sido problema el accionar propio que la significa, en la frialdad de su realidad viva e inmediata, sino lo ha sido el significado propiamente de su acción: el cual no deja de precipitarse en ese silencio que sin cesar la oculta, y que por demás también la desvanece. Ese silencio la vuelve al torrente de sentido del cual emerge, la curva en esa gravedad que la erosiona y que la sedimenta: al no poder desdoblarse sino como una estela simulada al olvido fugaz de su recuerdo.

No obstante, no existe tal propiedad, ni la necesidad de tal rótulo: al contrario, la experiencia de la droga equivale al sentido que escapa a ese significado que la constituye. Su imposibilidad impide su convencionalidad, no cabe en ella la creación enunciada de territorios comunes al entendimiento ordinario: dado el registro inefable por el que pasa, dada la frecuencia de su magnitud inapreciable, o por la paradójica inminencia de su exterioridad representada. No es entonces una propiedad de quién la hace suya, ni de hecho, ni de derecho. No es así una propiedad de su accionar significativo, o de su ser individual. Posiblemente, su inminencia sólo puede hacer y conformar a quién se torna significativamente en ella, en la extracción sustancial de su interioridad aparecida, en el mero reflujo consentido de su acción injustificada, o en la experimentación de sus propiedades inasibles e inconfesables. Lo que es decir que la droga hace a quién la experimenta en la existencia de su posibilidad: la droga afirma el vapor de sus valores al realizarse en ella ese deslizamiento nacido de sus rudimentos perdidos, los cuales le otorgan en su experiencia la síntesis aplazada e inaudita de sus secretos, así como la potencia activa de sus principios y secreciones, de su latencia significativa, o de su modulación ultrasonora.

Y quién la experimenta encuentra en ella un contrasentido significado, que es paralelo y complementario a las propiedades históricas que lo constriñen, a las conformaciones percibidas como a contrapelo de su propio sentir: apenas vislumbradas en su transformación giroscópica, y por demás alcanzadas en el sentido de su sospecha iluminadora. Así, la experiencia de la droga encuentra que las propiedades secretas de su sentido, de su humor comprimido y de su vaivén revelado, sólo pueden abrirse a un dialogo al interior de sí: a un abismo proferido que permite dar paso al goce de la deriva, en el texto que configura sus rostros pasajeros, en el reflejo versado de sus cimientos íntimos y personales, o acaso en la cantera de sus hálitos e inocuidades (y todo ello: sea ante la conquista alcanzada de su erotismo, sea ante el desmembramiento de sus creencias plegadas como sabiduría inscripta en la desarticulación de su cuerpo, de ese cuerpo que no deja de sancionarse en la oscilación de su curso y en el discurrir de su circulación anunciada).

De tal modo, ninguna experiencia es susceptible de ser apropiada. Nadie puede adjudicarse lo sucedido como su experiencia, por mucho que se sepa de ella, por muy cerca y susurrado que se esté de su dialogo interior. Y es que nadie está autorizado ante la obra que esa acción en su instancia abrumadora presenta: la propiedad extirpada del cuerpo no es de quién acontece su vida por medio de ese cuerpo, ya que se le presta irreverentemente aún al médico para que en él haga su irremediable labor, y para que por él realice su pálida autoridad. No obstante, está la figura policial del psiquiatra: tan contraria al giro surrealista de Breton, una figura que tiene la fama de no esperar que se le conceda nada, sino que roba dicha propiedad en aras de proclamarse oficialmente saneadora saludable de una sociedad moral y normalizada. Esta figura siente sobrevolar temiblemente a la humanidad, siempre bajo la tutela amenazante de su prescripción objetivadora. La propiedad de la experiencia no es del uno, ni del otro, pero ambos la reclaman tanto como ese cuerpo que canta propiamente el placer inerte de la droga: ese mismo cuerpo que también tiende a conquistar su mirada preciosa y autónoma, sobre todo, ante las propiedades que la experiencia de la droga alienta, y ante el clamor que pone de relieve su sentido, pero nunca sin atender el devenir que la experiencia de la droga en sí ordena, ese que hace de él un órgano de institución.

Pero todo ello no quiere decir que sea el cuerpo la propiedad absoluta de quien lo acontece, a menos de que entable a sí mismo un extrañamiento de sus valores, y de que autogestione sus sedimentos significativos, por medio de una herida de muerte en la memoria: una herida que equivale a su fulminación y que es una ruptura que traza una distancia que no dejará de reclamarlo, ni de socavar en él una batalla sin sangre contra sus órganos, o contra su extensión histórica. Esta herida que rompe, esta herida que revierte, se efectúa en los umbrales de lo incontenible, justo como en la guerra revulsiva que profesara Artaud. Así pues, para experimentar el cuerpo en su dialogo primero hay que recobrarlo, cobrarse y verterse en él, traducir así sus inscripciones, recorrerlo en sus articulaciones. Hay que recobrarlo, antes que nada, para abrirse al mundo y aniquilar la representación de su forma y de su gesto, de su porte y de su debilidad, de su sexo y de su dermis, de su plexo y de su diafragma. Se trata de matar al dios que él lleva por dentro, en el sentido plenamente nietzscheano del término: en un acontecimiento autoproclamado, cuyo declive aísla relativamente las conexiones categoriales que lo significan, aquellas que no pueden más que limitar la libertad de la propia experiencia. →(II)



Septiembre 2003
(Parte I actualizada para Nairda´s blog-lab ©®™ )

20/06/05

Un secreto en la punta de la lengua


Cuando se llega a tener un secreto en la punta de la lengua, sólo hay que tener cuidado de no escupir la potencia de su verdad. Hacerlo no es más que un tonto desperdicio, porque nunca se deja de recargar un estupor nebuloso que se amalgama en la mente, cuya densidad desgasta las emociones. Su verdad no puede abrirse entonces a un sin fin de respuestas, sino que se vuelve un lastre que despide la justificación de todo pensamiento, y que además se agazapa en la ilusión viva del cuerpo. Antes de que se confabule este tieso teatro, antes de que se reproduzcan los propios fantasmas de la ausencia de su verdad, el secreto tiene que ser tragado gustosamente, como tal: con el fin de que se disuelva el telón por el cual se anclan aquellos rostros compungidos ante la falta de su potencia. Antes de que palidezca el poder de su secreción inaudita, justo en las texturas que lo ensalivan, la verdad que encuadra el secreto tiene que aislarse de la exterioridad que desplaza a las palabras, y que encrespa el aire de su oculto tormento. Una vez exiliado de su lugar y a la deriva del texto que lo persigue para enunciarlo, los fluidos de su potencia tejen sólo las líneas y los contornos que lo organizan. Suponer que su efecto chorrea y confluye por las entradas y las salidas del cuerpo, no es sino suponer que el secreto rasca las paredes de toda la historia que contiene su hálito. Ello parece deberse a los recovecos que atraviesan el infinito mismo, los cuales le hacen ser el artificio excedente de todas las existencias.

Los entres por los que pasa su secreción son harto importantes. El secreto siempre quiere recorrer la lengua, escapar de ella y romper su código; mientras su potencia sólo aparece en el cerebro iluminado de quién lo retiene y encarna. Hay que suponer que todos los intersticios que el secreto sobrevuela, suceden por influencia de las zanjas carnosas de ese músculo enigmático y flotante, ese músculo que no tiene contacto con el cuerpo y que no es un órgano en sí. Por eso merece tener su propia mención, ya que gravita alrededor del cráneo sin moverse, al tiempo que la cabeza funciona como una cápsula hermética que hace de su alcance una detonación al alto vacío: a través de ella todas las polaridades hacen pasar la significación de su intensidad oculta. Así es como los lenguajes son principalmente síntomas colaterales de un recorrido secreto y micrológico, porque son significaciones irreversiblemente determinadas en un nivel de superficie. En efecto, cada intersticio responde a toda pulsación neuronal, precisamente, hacia una discontinuidad gramatical no estructurada: de tal modo que el sentido secretado no es ordenado por una matriz sintagmática o vivencial: por ello la inducción de su verdad no crea sino un manto que magnetiza los cuerpos e incrementa sus intensidades. Eso explica el porqué todo cuerpo está densamente interferido secretamente en su propio campo de gravedad. Sin embargo, la verdad del secreto abrazado de un cuerpo que ha sido arrancado salvajemente por fuera del estrato que lo abate, y que presume de un gran movimiento centrífugo que lo saca de tierra firme, no puede sino recrear molecularmente la cadena que su sentido le conlleva, mientras que sube en secreto por esos dichosos intersticios de su lengua, justo para fluir al son de todo el potaje de su secreción.

El secreto en ese cuerpo puede dispensar cumplidos anacrónicos o universos alineados por un sentido incodificable que el cerebro regenera en su prisión craneal, y puede asimismo mandar sus polaridades indescifrables fuera de todos los estratos posibles. El sentido de estas vueltas sin salida son multiplicidades sincrónicas presentidas molecularmente por el secreto: no son meramente percibidas a través de una planificación molar o incisiva, sino que sus dimensiones sinápticas convergen en espacializaciones que no pueden más que saltar hacia puntos ontológicos que permanecen indeterminados. Su importancia secreta reside en un doble cruzamiento de la certeza cuántica, de la cual lo único que se sabe es que concentra y expande el cuerpo biológico a cada partícula fuera de su identidad magnética. A ciencia cierta, son secreciones desconocidas y hasta cierto punto inauditas. A saber de ellas, ni siquiera el cortex cerebral puede divisar la función de ese secreto en la punta de la lengua.




Septiembre 2002
(actualizado para Nairda´s blog-lab ©®™)

17/06/05

Sobre el sentido del ser

 

La conciencia es algo externo, virtual. Es un engaño que se re-crea a partir de un sólo movimiento: el sentido de la percepción en el hombre. ¿Tiene algún sentido el ser?

La respuesta es del todo afirmativa. El hombre es un imperativo mimético del universo, un signo de la creación, la excusa de su representación. Es decir que el hombre representa en su ser al colapso de la creación: con un tiempo en su pensamiento, y con un espacio en su cuerpo: con un origen o principio interno, y con un fin externo. El ser representa el sentido de la creación: es un tiempo que está fusionado con la materia y que genera un cuerpo.

En la creación del universo la materia se colapsa con el tiempo y estalla: fue un flamazo virtual de la relatividad en el cual quedamos inmersos, y por el cual existimos de forma temporal. La materia al chocar con el correoso eje del tiempo empieza a crear un sentido: comienza a girar sobre su propio eje. La materia se combina así por una espiralidad alquímica y humorosa, que re-crea astros y soles. El ser entonces re-crea en su propia química al cuerpo humano, como una fiel huella de la vida, del colapso, del flamazo, y de la muerte cósmica. El espiral tiene en realidad un sentido doble, el cual se compone por un sentido y su consecuente contrasentido: su vaivén da forma a la materia y a la imagen del universo.


En la creación de este universo, el sentido primordial es el que va de afuera hacia adentro: es un sentido de lo inmanente, del ser atemporal que va hacia el microcosmos de su esencia. Bastaría solamente tridimensionalizar la figura del espiral (dándole cuerpo y volumen) para ver que este sentido primordial del ser inmanente se funde asimismo con su esencia: se ve entonces al ser desde su óptica de sentido. No obstante, en la figura plana se ve también que existe un espacio inverso en su introyección humorosa, el cual va de adentro hacia afuera: ahí la materia surge a partir de la inmanencia del ser, y se exterioriza hasta maximizarse en los cuerpos celestes u orgánicos.

Al seguir esta metafísica espiral, se descubre que no es sino a partir del contrasentido del ser que se re-crea la conciencia: ésta surge como una manifestación material de la inmanencia del ser y de su sentido. La percepción del ser sería apenas un valor del contrasentido por la cual la conciencia hace que nos reconozcamos.La espiral de sentido nos hace sentir y significar la vida en el mismo movimiento: en su traslape magnético se da la condición humana. La espiral del ser atrae el acontecer exterior a través del cuerpo: es así una relación de polaridades. De ahí la objetivación que en el ser sólo es posible por la conciencia: al absorber la materia del exterior, el ser se virtualiza en el pensamiento para poder significarla.




Junio 1996
(actualizado para Nairda´s blog-lab ©®™)

05/06/05

Advertencia sobre este blog


 

...Este blog no trata de ser pedagógico, ni atribuirse el poder de explicar nada a nadie: usa algunas herramientas y conceptos tal vez filosóficos, pero la experiencia a dilucidar es accesible a todo temerario de la vida. Los textos están entrelazados en la medida de lo posible, de manera que no son espontáneos. Existe una Introducción al contenido del blog y a su intentona temática: se inspira en un aforismo de Nietzsche, el cual habla de una experiencia existencial muy particular, una experiencia en la cual la voluntad se congela. Son muchos los pensadores que han fundado su pensamiento a partir de esa experiencia: estos autores permanecen en la historia: hicieron y dieron luz a la historia, por medio de esa experiencia. Esa experiencia no es privativa de ellos: la diferencia es que ellos no hablaron de esa experiencia, sino hablaron a través de ella: entre líneas la dejaron ver. Eso es lo que se intenta hacer en este pretencioso blog: hablar de esa experiencia sin nombrarla, borrándola un poco cada vez. En la presentación se sugiere una posible línea de lectura de los artículos expuestos. Esta línea, aunque no es obligatoria, permite una gradiente de entendimiento. La presentación incluye también lo referente a algunos textos que se subirán en los próximos días. De manera que el lenguaje de este blog es un lenguaje encriptado que deja ver en sus intersticios un poco de su luz fulminante: esa luz sólo se puede discernir con un velo que filtre sus matices y destellos. Quien no haya vivido la susodicha experiencia, encontrará un despliegue de ideas estilizadas que quizá no hagan ninguna resonancia. Pero para quien la haya vivido, para quien haya podido abismarse y existir con ello, encontrará en este lenguaje un sentido que llena ese vacío, y esa es la intención primordial…

 

 

Atentamente,

 


 

(Todos los artículos que aquí se exponen ya han sido publicados con anterioridad y su actualización ha sido plenamente autorizada para Nairda´s blog-lab ©®™)