23/06/05
De la experiencia de la locura

En una entrevista acerca de Nietzsche, Michel Foucault afirmó con vehemencia que se puede llegar a vivir la experiencia de la locura: afirmó que dicha experiencia es lo más próximo al conocimiento absoluto.
Una afirmación como ésta, de voz de uno de los más brillantes y atrevidos pensadores contemporáneos, no puede sino revelar que la verdad humana está más acá de cualquier instante en el presente: la verdad humana surge entonces como el desfloramiento del pensamiento mismo. Hay que reflexionar esta afirmación de Foucault,
como la posibilidad de que la humanidad se sustraiga, en el sentido más experimental del término, a una realidad empírica capaz de detonar una percepción repentina e inaudita del mundo. Esta realidad se asentaría como un exabrupto de los sentidos y como una implosión de las formas que aproximan los saberes en el mundo de las cosas.

Quizá dicho comentario no sea más que la sublimación que Foucault hizo de lo dionisiaco respecto de lo apolíneo, de la embriaguez transgresora respecto a la sobriedad de las apariencias. Quizá sólo sea una sublimación de su nietzscheanismo,
una sublimación proferida ante los teatros de la representación histórica del conocimiento. Sin embargo, una experiencia tal no puede sino invocar lo azaroso de la existencia humana, y no deja de establecer una apuesta de vida ante las penurias y los temores que profesan las concepciones que la humanidad tiene de la muerte. La idea nietzscheana del acontecimiento, la idea de la ruptura con la historia, y la idea del eterno retorno, es una idea surcada por esta experiencia única.
Paradójicamente, esta experiencia supone un arrebato que va más allá de la personalización y de la individualidad: es una experiencia que raya en los albores de una colectividad descubierta y perpetrada por una multitud de voces y de insignias. Estas voces e insignias, la mayoría de las veces, se descuentan ante el hecho mismo de existir.
La experiencia de la locura: no se traduce como lo común de la sin razón y de la pérdida de los humores serenos secretados al interior del cuerpo. Por el contrario, se experimenta como una intensidad abrumadora que polariza la percepción misma de las cosas, que renueva un sistema de relaciones capaz de hacer perpetua la construcción de los significados que ayudan a existir el mundo –aquellos que resquebrajan la historia y que quiebran sus inefables inercias-. Hay así un antes y un después de la locura. Es una piedra angular del sentido lo que acontece en dicha experiencia.Bien puede dejar vivir y configurar los fantasmas dormidos del miedo, y bien también puede socavar a la deriva las sensibilidades
estancadas en el olvido de la memoria. La locura es la experiencia que destella a partir de la vida misma, que ciega a la memoria y que fulmina los sedimentos de una identidad proclamada lejos de toda singularidad.
Pero experimentar la locura es cuestión de sólo un instante, y aún bajo el patrocinio de la embriaguez, no es tan sencillo lograrla. No obstante, habrá que deslindar las consecuencias históricas que envuelven a dicha experiencia desde su formulación misma, habrá que disipar su denominación moral y racionalista: habrá que llevarla hasta la física de las cosas. Y es que esta experiencia puede ser vista también como la confabulación de una nueva pragmática del mundo, la cual sucumbe ante las fuerzas que apisonan la idea del ser filosófico, ya que entierran y mineralizan los logros de la vida, tal cual ella se presenta. Es la percepción de un instante infinito que reformula la estancia en el mundo, que vigoriza
e intensifica la consistencia y los asequibles sabores en el horizonte de lo posible. Es un golpe de lo concreto: un golpe que pone de relieve la organización de lo percibido y que hace conspicua la gravedad de existir más allá de lo natural, es decir, de existir más acá de lo humano.
Inútil es preguntarse por la evidencia de dicha invocación, y absurdo es tratar de ocultar la luz que arroja. Estallido del cuerpo en la física arropada del mundo, impalpable y catatonica, la
experiencia de la locura no hace más que entregarse a lo fortuito de una exterioridad inhumana, y esta exterioridad es capaz de renovar y liberar al pensamiento de su fijismo. Por tanto, la experiencia de la locura es también renacimiento y re-sonorización del lenguaje: a la luz de la afirmación foucaultiana, la experiencia de la locura es discurso: ya que pone al filo de la muerte la desventura orgánica. Es una experimentación singular que pide por la resonancia
de lo corporal: exige un costo irreversible como prueba de la divinidad autodestruida y autoproclamada. Inaudita, esta experiencia despliega los ritmos de lo creado y de la creación: confabula una sincronicidad con el mundo mientras se descubre su singularidad incluyente. Sea que la condición humana postergue dicha experimentación, sea que desencamine la potencia de la vida: lograr la experiencia de la locura, lograr esa experiencia de la cual Foucault afirmó es lo más próximo al conocimiento absoluto, es más difícil de lo que parece. Al no lograrla se corre el riesgo de quedarse en su búsqueda sempiterna, de perder el hilo que la conduce, de implorar inmóvil su arrepentimiento, de asirlo como inalcanzable. Lograrla implica ascender en la normalidad infortunada del tiempo vivido: implica trastocar los límites del conocimiento transferido al cuerpo y conjurar las narraciones que de éste brotan.
A contraluz de la propuesta nietzscheana, la postura aseverativa de Foucault no es gratuita: es una auto-afirmación de su pensamiento y de la necesidad de una auto-ejecución descarada. Este ejercicio se traslapa en su obra y en la historia de su negación individual. A través de esta bisagra, la experiencia de la locura –es decir, esa experiencia que Foucault pudo proferir
como algo dado- no es más que la confesión irónica de un intelecto que ha podido borrarse, de un pensamiento ávido de obra que pudo
extrapolarse correlativamente al placer de experimentar el mundo. Entre risas privadas y ante un mudo respeto por la densidad moral de su tiempo, Foucault apenas sugiere con hilaridad que la experiencia de la locura se corresponde con una política de la experiencia. Tomando a la transgresión y al éxtasis como su instrumento, esta política acaso podría instaurar nuevos senderos por los cuales la historia podría discurrir.
Con Foucault, esta política de la experiencia, en tanto que es también una política de la locura, podría abrirse alegremente a nuevos avatares para pensar cómo hay que surcar las condiciones de posibilidad del pensamiento.

Febrero 2003
(actualizado para Nairda´s blog-lab ©®™)
08:00 Anotado en Laboratorio de la experiencia I | Permalink | Comentarios (10) | Email esto | Tags: momentofreak
22/06/05
El enfermo brilla
"El cuerpo bajo la piel
es una fábrica recalentada,
y afuera
el enfermo brilla
,
reluce...
con todos sus poros, reventados"
05:35 Anotado en Zoom Autopoiético | Permalink | Comentarios (0) | Email esto | Tags: momentofreak
14/06/05
El instante que sobrepasa

Se siente que no se siente. De golpe llegó un silencio y ensordecí, al principio de ese instante. Empezó como una marea cuyo oleaje se va, y cuya frecuencia sonora jamás regresa. Comencé a sentir una fuerza que desde el interior del vientre me invadía, una fuerza de inercia poderosa, intensa y gradiente: tal como se siente tocar una corriente eléctrica. La impresión de tensión me llevó a prefigurar que apretaba mis puños fuertemente: más y más cada vez, sintiendo esa tensión instantánea sin más progresiva. Pude figurar que apretaba mi vientre hasta doblarse, intentando contener esa fuerza que estaba irrumpiendo en mi cuerpo y en mi conciencia. Pero era ya imposible: esa fuerza franqueaba la unidad de mi plexo solar. Ensordecido y sintiendo esa tremenda fuerza, me estremecí y me escuché gritar en silencio, al tiempo que su fluido recorría mi piel desde muy adentro, en un alarido engañado de nervios.
Mi resistencia consciente sufrió así la gran ruptura: sentí cómo reventó todo, como imploté, mientras que me cegaba el flash de una luz blanca que me atravesaba.
Sentir todo sin sentirse. En el instante después de ese instante, navegando al alto vacío, la luz relampagueante y blanca se disipó al tiempo que mi ser entraba de nuevo a la realidad del lugar donde me encontraba. Pero no pude sentirme igual, me sentí flotar: como si fuera un personaje astral lleno de helio. Catatonico en el instante, se abrió en mí una curiosidad fenomenológica.
Se me ocurrió entonces extender mis brazos y mover las manos, como tratando de tocar el aire, como tratando de identificar la percepción tronada de ese momento estelar. Al parecer mi movimiento de manos percibió su propia alteridad y después todo se transformó. El eje concéntrico que protegía la faz de mi cuerpo había perdido su negatividad y se había fundido con cada molécula del espacio, haciendo de su positividad algo más que una malla continua.
Sentirse sintiéndolo todo. Reconocí entonces una pulsación constante de intensidad y de fuerza, una pulsación que era lenta y pasmosa. Era una pulsación expansiva que emergía del interior desde mi vientre, desde mi plexo solar, el cual se había hecho añicos y había ya desconfigurado todo mi ser.
Pero al sentir esa tensión pulsante, sentía a la vez el padecer de una grave hiperventilación: al inhalar sentía que exhalaba y al exhalar sentía que inhalaba. Todo estaba vuelto al revés. No sentía mis extremidades, ni mis manos, ni mis pies. De las manos sentía que brotaban fluidos de corriente vital: las tocaba y no las sentía. Al verlas de reojo gigantescas se aparecían. Las pulsaciones seguían, mientras paulatinamente seguía la hiperventilación: sentía baños de angustia mientras fluía una ansiedad infinita. Así, ante este estadio, mi razón nunca me abandonó: estaba más que consciente de mi alteridad perceptual, a pesar de que mi vista periférica iba perdiendo paulatinamente alcance, y mientras mi punto focal se cerraba perdiéndose conforme a las pulsaciones. A la vez, mi visión se alteraba en cuadrículas que distorsionaban el rededor, haciendo volar los contornos de lo figurativo:
era una visión en bloque, una mirada mosaica. Era un hecho: esa alteración me hizo experimentar abiertamente todo lo que había que saber Sobre el sentido del ser. Me había salido de mí. Me encontraba afuera de mi propia existencia.
La torsión del instante sentido. Me percaté que en realidad no había ya otro instante que seguir, y serenamente me dije: "bueno, lo he logrado: he sobrepasado los límites de mi libertad". Aún no puedo definir certeramente cuánto tiempo pasó después de la eternidad de este instante. Ciertamente la sensación fue de un largo tiempo que percibí muy corto. Sin embargo, a pesar de que alguien me acompañaba, ese alguien no pudo siquiera ser testigo: no se enteró de lo sucedido: le pregunté si me había oído gritar, y me dijo que no; le pregunté si me había visto hacer fuerza con las manos o con los brazos, y espetó que no. Me percaté que cuando acercaba su cuerpo al mío, sentía de inmediato cómo se fundía su ser conmigo: sentía cómo su cauce sensacional se integraba a mi renovada polaridad existencial.
Mi cuerpo se había revelado como un gigantesco magneto viviente: yo era la encarnación extravertida de un campo electromagnético. Así, en el frío pleno de ese umbral, recordé la enseñanza de un famoso caso. Dicha enseñanza indicaba que la conciencia del momento siempre pediría lo requerido, que el cuerpo sabría qué hacer para precipitar su recomposición. De tal modo, pedí a mi acompañante un vaso lleno de leche y dos tabletas de chocolate: un poco de base y glucosa. Mi acompañante aceptó preguntándome: “¿Qué pasa?”. Por mi parte, con la certeza total de lo que había pasado, apenas respondí: "Nada”.
Pero sabía que ese instante me lo había dado todo: había abierto de golpe todas las puertas, había activado el trueno luminoso de todas las trazas. Preferí decirle que no tenía nada, porque no era propio definir entonces el momento de ese instante. Y lo hice también porque sabía que ese estadio ya era el final de una búsqueda existencial, donde el camino se bifurca por el mismo flanco. Sabía también que, en ese develamiento instantáneo, la conciencia de lo que pasaba me alertaba a una vigilancia estricta de esa eternidad infundada.
No podía por ningún motivo especular acerca de mi estadio, ya que apostar en ese momento a la interpretación era verterse en la equivocidad codificada de la significación. Estaba más que consciente de que los temores y los estremecimientos podrían llevarme a recrear mis propios demonios. Mas fui completamente hermético, no dejé que mi liberación fulminante pasara a una significación caótica, fantasmal y entrecruzada.
Después sólo pensé que todo ya había de terminar, pero intenté dormir con la sospecha de que todo había comenzado. Entre sueños, sentía el remanente de la fuerza que me doblaba, tenía fija la visión de las trazas abiertas en el horizonte, y percibía aún el recorrido campal de los flujos chorreados de mi cuerpo. Entonces pude vislumbrar algo en mí: un algo incorporal que se sentía como un vapor de otro.
Era como si una maquinaria tintineante y chisposa escudriñara cada pliegue de mi ser. Era como si renaciera una relación íntima de un alguien recién despierto, como si una circularidad volviera de muy lejos, dejando con su estela neuronal el privilegio de una autopista cósmica.

Enero 1996
(actualizado para Nairda´s blog-lab ©®™)
11:10 Anotado en Lighting strikes | Permalink | Comentarios (5) | Email esto | Tags: momentofreak
11/06/05
La vida de uno
En la vida de uno llega determinado momento en que las cosas no son lo que parecen.
Pero no es útil sólo saberlo: al final nunca lo han sido para ninguno, y quizá para nadie lo sean. Es inevitable la nostalgia por esta inocencia pérdida, cuando todavía creíamos que las cosas nos significaban, y cuando cegados por nuestra propia certeza de lo real, nos entregábamos al mundo: dando por bien descontado el sentido convencional y arbitrario que nos permitía la percepción de cada una de las cosas. Significar cosas que no existen, cosas con las que no podemos hablar; en su defecto significar sujetos que existen, especuladores, parlanchines, idiotas e inconscientes. El viejo hábito de significar está detrás de la costumbre, la que ciega y engaña: la que distrae. Significar el exceso del uso de poder significar las cosas: la amenaza del sentido común. Pálido engaño del espejismo de la realidad. Oda sublime de un gran artificio etiquetado que no se puede ver, ni tocar: el absurdo de lo real y el reinado mentiroso de las cosas. Muchos siguen entregados a ellas, vendados por el sentido común, silvestres ante lo real, y
anclados sin remedio. Se entregan a cualquier cosa: a un televisor o a una sonriente muñeca rubia. Su vida es significada por una cuchara o por una aspiradora. Un cálculo matemático o una casa limpia significan mucho más que su existencia. Individuos entregados al qué dirán y al prejuicio escudado en su propia moralina.
Pero incluso los devotos y entregados al sentido artificioso de lo exterior materializado, incluso ellos que lo construyen, que lo destruyen o lo transforman, en determinado lapsus de su conciencia, presienten de lo real y dudan con temor de lo que han hecho en la tierra. Cuando las cosas no son lo que parecen, y cuando uno reconoce ese momento en el despliegue de su propio instante, llega a ser angustioso, confuso, y no menos despavorido. Pero todo depende de una cierta intensidad, de la conciencia de esta intensidad, o de la conciencia de uno.
Nos damos cuenta o no, de que en nuestra vida percibir las cosas ya no es lo que parece: sino también es desconocerlas, agravarlas en su creencia, detonar el espiral de su sentido, disuadir su propia certidumbre, impactarse de golpe en su constancia material. La cuestión es si esa intensidad puede dejarnos ver su estela infinita en la percepción de un instante y darnos conciencia. La cuestión es que la intensidad permita la ruptura de un espacio-tiempo que se ilumine bajo la consigna de golpear la conciencia de uno.
En la actualidad, la búsqueda del espíritu propio es una trampa de la voluntad, en la que la indeterminación y la disipación momentánea de la fe, se hacen patentes. Se busca en el fondo la confabulación del sentido mismo de la vida; se busca la divinidad de Dionisos o la grandeza de Heliogábalo; se busca por demás salidas o entradas. ¿Cómo se busca uno entre la embriaguez o el éxtasis? ¿Se busca en la consecución insatisfactoria del placer de un goce interno, incluso siempre corporal, el cual no deja de arremolinarse al engaño de lo real? ¿O se busca en ese goce mental, que paulatinamente empuja al atrayente vacío, en ese confuso laberinto de posibilidades activas de significar cosas, siempre mermando por mucho la sobriedad de la voluntad en sus reiterativas ejecuciones?
Por un lado, lo que uno busca es el propio espíritu; por otro lado: uno busca voluntad. Aun cruzando el imperio de la duda, y en pos de la dilucidación de la mentira, se pierde uno todavía en lo que busca. Pero la verdad nunca llega como esperamos: Dios nunca se presenta como se imagina uno, ni siquiera con la más ferviente devoción fantasiosa y confesa. Cuando el desapego de lo común que nos ciega golpea nuestro interior, experimentamos El instante que sobrepasa, y no vemos acaso otra cosa que nos refleja el vacío, o que nos remita a la hoja en blanco del papel que sobrelleva su sentido.
Pero ¿cómo experimentar el instante que a uno sobrepasa? Ese instante no es tampoco lo que acaso podría considerarse como un instante superfluo o confuso, no es ignominia ni amnesia. Quizá en determinados casos podría serlo, así como también cualquier mala interpretación espanta. Habría que establecer ciertas diferenciaciones específicas en las nociones que colindan con la definición de ese instante que a uno sobrepasa, y que bien deja de ser en demasía representativo. Habría también que situar a ese pensamiento de alma moribunda, el cual no encuentra su espejo ni su mística entre las paredes de la urbe, ni entre las monedas tentadas por mil, ni en los cuerpos deseantes y calcinados por inútiles orgasmos. Habría uno de encontrarse a otro nivel: justo en aquél nivel de los que llegan a experimentar El grado de congelación de la voluntad, al nivel de los que se bloquean, de los que desisten por las buenas de su mismo espíritu, de los nacidos sin ningún otro Dios más que el que reclama su propia muerte. En el Dios de la muerte de dios, en el fin apocalíptico de su revelamiento.
El instante que sobrepasa a uno está entre los desvelados, entre los más que lúcidos panteístas incomprendidos: permanece latente en su búsqueda de muerte, en la ultranza de su inconsciente, en el mero destazamiento perspicuo que encuentra su potencia. Es un instante que sobrepasa a los desoxigenados del alma, a los muertos vivientes que sienten más allá de lo que pueden significar, a esos alucinados cuya moralina rampante embota sus sentidos, pero que pueden ver tras el velo aparente de la triste realidad de uno.

Agosto 2000
(actualizado para Nairda´s blog-lab ©®™)
11:05 Anotado en Lenguaje del frío | Permalink | Comentarios (8) | Email esto | Tags: momentofreak
08/06/05
El grado de congelación de la voluntad
"Por fin llega la hora que te envuelve en la nube dorada de la ausencia del dolor; en que el alma goza de su propia lasitud, abandonándose con deleite a la lentitud de sus movimientos y pareciéndose, en su paciencia, al juego de las olas que, en las orillas de un lago, en un día tranquilo de verano, bajo los reflejos multicolores de un cielo crepuscular, entrechocan una y otra vez y se callan -sin fin, sin objetivo, sin saciedad y sin deseos-, tranquila y deleitándose en el flujo y reflujo rítmico que se armonizan en el aliento de la naturaleza.
Tales son las palabras y los pensamientos de todos los enfermos, pero cuando les llega esta hora, después de un breve goce, les invade el aburrimiento. Pero el aburrimiento es el viento de deshielo para la voluntad congelada: esta se despierta y comienza a suscitar un deseo después de otro. Desear de nuevo, es el síntoma de la convalecencia y de la curación."
Miscelánea de opiniones y sentencias, aforismo 349
14:55 Anotado en Introducción al grado | Permalink | Comentarios (0) | Email esto | Tags: momentofreak

















